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bagui / mi amado monstruo capitulo 1 De los escritos de Eduardo cesar

   Tendría quizás nueve u ocho años cuando por cosas del destino mis padres se empezaron a distanciarse mutuamente, a pesar de mi temprana edad ya entendía las implicaciones del caso, sabia como un día vendrían a comunicarme de su decisión. Tratarían de decirlo con palabras simples, para que no me asustase, subestimando  mi capacidad de comprensión (como siempre hacían).

   Cada vez me  sentía más indiferente  hacia el asunto. Ya que iban a mantenerme fuera del problema cuando pude haber dado mi opinión, que me mantuviesen fuera hasta el final.

   Cuando llego el momento de afrontar la realidad intentaron compensarme con regalos. Uno pensaría que entre un periodista y una profesora de biología elegirían una opción más madura que tratar de suplir sus ausencias con cacharros varios… aunque para ser sinceros  me alegra enormemente que esa fuese su arrogante decisión.

  

 Una tarde de verano vino mi padre de intentar hacer una investigación en una universidad en la que supuestamente mi madre había logrado conseguir empleo, por razones obvias (y no tan  obvias) le negaron el paso.

   Enojado, se paseaba por las calles camino a casa, cuando empezó a distinguir a lo lejos un maullido minúsculo, casi imperceptible. Mi padre no era exactamente lo que se le llamaría un aventurero, pero se adentró  en un lote baldío repleto de plantas extrañas y alimañas para investigar el origen de los quejidos desesperanzados  de la indefensa criatura.

   Al llegar a casa me la mostró. Una pequeña caja de zapatos mientras decían en voz alta “¡te traje un regalo!” al abrir la caja vi  ala pequeña gatita, aunque en realidad era bastante grande para ser un gato, se veía obviamente desnutrido y deshidratado. Mi padre me contó donde la encontró. Dijo que probablemente su madre habría muerto, que en el lugar donde la había encontrado  también encontró una gran roca  con gran cantidad de pelaje alrededor y bajo la piedra, sin mencionar el olor, que aun permanecía impregnado en la criatura…  en su  pálido y tosco pelaje aún se podía percibir el olor a muerte

  Tome a la gatita en mis manos. Temblaba mucho, pero se acurruco en mis brazos apenas tuvo la oportunidad

   Ella estaba muy débil por lo que tuve que cuidarla, vigilar que comiera y bebiera, lo  cual fue más complicado de lo que espere, ya que no tenía fuerza para los alimentos concentrados , ni  le gustaban una vez los ablandaba con agua . Pero ¿quién  podía culparla? , en un destello de curiosidad infantil me atreví a probar eso que le había estado obligando a comer… las descripciones sobran. Por lo que a partir del día siguiente me dedique a buscar otras cosas a con las que se sintiera más cómoda y disfrutara comerlas

Tras empezar a cuidar de ella;  basto un mes para que obtuviese un nuevo aspecto, su pelaje tosco se había tornado suave, el color de su pelaje había adquirido un tono rosa  y su cuerpo en general había aumentado en grosor. Además del cambio  en su actitud, que a menudo gustaba de sentarse con nosotros a la mesa, pedir con gestos amables la salsa de soja para sazonar  su pescado  incluso llego al punto de pedirme que no le cambiara el canal al televisor. Obviamente todo esto con pequeños gestos de sus patas, que ella siendo sumamente hábil para expresarlos y yo lo suficientemente observador para entenderlos, podíamos comunicarnos en este extraño idioma sin palabras. Estaba claro que no se trataba de una gata normal

 Termine por llamarla Bagui,  como abreviatura de vaguita o vaga. Debido a que acostumbraba a dormir en todas partes, muchas veces recostada de mi o en mi regazo

   No pasaría mucho tiempo antes de que Bagui empezase a dormir junto a mí en mi cama, pasando así más tiempo juntos. Un día incluso comenzó a seguirme a la escuela. En algunas ocasiones se escondía en mi mochila, pero en otras solo caminaba tras de mí. Las burlas e insultos no se hicieron esperar de parte de mis congéneres, a pesar de que bien sabía que la inocente Bagui era por mucho más inteligente que todos ellos. No me importaron nunca sus palabras, pero me obligaron a dejarla en casa, o  al menos no dejar que nadie la viese. La guardaba en mi mochila la cual era bastante grande  pero me ocultaba de los demás durante los recreos para poder jugar con ella, y durante las clases me sentaba en una esquina retirada, de forma que si Bagui lo quería, podía sacar la cabeza y ver la clase, sin peligro de que la descubriesen.

   Me parecía tan injusto que ella se quedara en casa sola y aburrida, al igual que yo desanimado y solo en su ausencia, siempre indiferente del mundo a mi alrededor , sin penas reales , pero tampoco alegrías más que las que Bagui me traía. Y precisamente por ello es que los deteste tanto, por pedirme que me des hiciese de ella. Porque sabía que le temían, que la envidiaban. Decían que era un monstruo, un fenómeno, incluso llegaron a llamarle demonio. Envidiaban no ser como nosotros.

   Por eso…

   Un día ella se negó a acompañarme de camino a la escuela. Bagui había crecido demasiado por lo que ya no podía llevarla en mi mochila. Pensé que se sentía mal  por lo que pensé en quedarme en casa para cuidar de ella.

   Bagui se había sentido enferma últimamente, por lo que no me sorprendía que pudiese estar débil aun. Me negué a salir, pero ella me empujó hacia la puerta lamió mi mejilla mientras  me abrazaba como mejor podía, mientras se sostenía en sus dos patas traseras, y me empujo afuera  para cerrar la puerta tras de mí.

   Esa tarde, al regresar la busque por todas partes. No estaba en mi habitación, ni revuelta entre mis sabanas sucias del cuarto de lavado, tampoco dormía en el sofá, la televisión ni siquiera seguía encendida como la había dejado antes de irme (para que Bagui la viese mientras no estaba). Ya había crecido mucho, por lo que no cabía bajo o entre los muebles. Tras desesperarme empecé a buscar por las calles, días y noches enteras buscándola. Todo fue en vano.

   Ella me abandono sin siquiera dar aviso. Mi única amiga.

   Después de un mes proseguí mi vida con normalidad… si es que a eso se le puede llamar normalidad. Mi desapego por las personas aumento y mis ausencias en clase se hicieron frecuentes.

   Quizás  no volvería a ser el mismo 


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Por Eduardo cesar
Añadido Jun 25 '17

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